Hay días en los que el tiempo libre llega sin previo aviso. Cuando eso pasa, no hay mucho que pensar: preparar la montura, ponerse algo de abrigo y salir a explorar. Esta ruta nace precisamente así, con pocas expectativas y muchas ganas de carretera. El objetivo era claro: buscar lugares abandonados, testigos de otra época, que aún resisten escondidos entre las curvas del suroeste madrileño. Una pequeña aventura con sabor URBEX, perfecta para una jornada de otoño sin prisas.
La ruta parte desde la M-513 dirección Boadilla del Monte, para enlazar con la M-600 hasta Brunete. Desde allí tomamos la M-521 y, tras pasar por Quijorna, llegamos a Navalagamella. Justo a las afueras del pueblo, junto a la M-510, espera una pequeña sorpresa: varias piezas de artillería expuestas al aire libre, entre ellas un imponente T-26 y una batería antiaérea FLAK de 88 mm. Se trata de un museo improvisado, o quizá no tanto. Un recordatorio mudo de que esta zona fue frente de guerra durante la Guerra Civil. Si tienes tiempo, desde ahí puedes hacer a pie la Ruta de los Fortines, unos cinco kilómetros entre trincheras, búnkeres y nidos de ametralladora que siguen ahí, casi intactos.
Pocos kilómetros después, ya en Colmenar del Arroyo, desviándote por un camino de tierra desde la M-532, se llega al Blockhaus 13. Un búnker gigantesco de hormigón armado, construido en los últimos compases de la guerra por el bando sublevado. Está declarado Bien de Interés Cultural, aunque eso no ha impedido que sufra periodos de vandalismo y abandono. Desde lo alto, impresiona por su forma y por el paisaje que lo rodea. Silencioso, firme, como si aún vigilara.
Desde allí, seguimos hacia el sur por la M-510, cruzando Chapinería —pueblo que, por cierto, alberga uno de los recursos sanitarios más codiciados por los técnicos de emergencias del SUMMA—. La carretera se disfraza brevemente de M-854 y recupera su nombre poco después. Pasamos junto a Aldea del Fresno y cruzamos el río Alberche por un puente recién reconstruido tras una DANA que arrasó la zona hace unos años. Una vez en la M-507, continuamos hasta Villa del Prado, y desde allí tomamos la M-540 hasta adentrarnos en uno de los lugares más sorprendentes de toda la ruta: el poblado abandonado de El Alamín.
Este pueblo nació en 1957 como una iniciativa del Marqués de Comillas para alojar a los jornaleros de su finca. Llegó a albergar a unas 150 personas en viviendas modestas pero funcionales. Tenía escuela, bar, dispensario médico e incluso autobús propio. Hoy no queda más que el esqueleto de aquel proyecto: una calle central, casas desmanteladas, la iglesia todavía en pie con su campanario accesible, y un silencio que lo cubre todo. El lugar es accesible —aunque propiedad privada— y recorrerlo con calma es como caminar por un decorado detenido en el tiempo. Es fácil imaginar la vida que hubo allí, las fiestas de San Juan, los domingos con cine para los niños y partidas de cartas para los mayores. Incluso queda registro de una boda celebrada allí en 1957 con asistencia de la alta sociedad y un despliegue de coches de lujo digno de película. Hoy solo quedan zarzas, escombros… y memoria.
Tras visitar El Alamín, y con el día empezando a apagarse, emprendí la marcha hacia el último destino del día: la estación abandonada de Castillejo-Añover. Desde Villa del Prado volví a tomar la M-507, enlazando con la CM-5007 hacia Méntrida, y desde allí —tras un tramo por autovía— llegué hasta Añover de Tajo. La estación se encuentra escondida tras un camino de tierra que parte desde la CM-4004. Desde lejos ya se intuyen los vagones detenidos, los edificios vencidos por el tiempo y la silueta del letrero “Castillejo-Añover”, aún visible. La estación fue inaugurada en 1853 como parte del trazado Madrid–Levante, y cinco años más tarde se convirtió en nudo estratégico para el nuevo ramal a Toledo. Por aquí pasaron trenes históricos, mercancías industriales y, según cuenta la leyenda, hasta un tren fantasma que se llevó a un fotógrafo y lo devolvió más de tres años después.
Hoy, Castillejo-Añover sigue viva de forma tenue: un pequeño puesto técnico de ADIF permanece activo en parte del edificio de viajeros, y aún circulan por allí dos trenes de Media Distancia al día. El resto es silencio. Vagones grafiteados, estructuras de hierro como costillas al aire y viviendas ferroviarias medio habitadas. Crucé el paso a nivel, recorrí las últimas calles de servicio y, con la noche encima, puse rumbo a casa por la N-400 y la A-4. Frío en el cuerpo, sí. Pero también esa satisfacción tranquila que solo se siente cuando te echas la mochila a la espalda, le das al contacto… y dejas que la carretera decida lo demás.

Enlace a la ruta: https://maps.app.goo.gl/CENQwnTzcnQqqRMM6





















































































Trabajazo que te has currado:
Descripción de la ruta( poesía motera)
Mapa track
Fotacas
En resumen TRABAJO DE CHINOS😉, (Tú entenderas la gracieta)
Gracias tronco✌️
Me dan ganas de ir a Madrid para rutear este track.
Muchas gracias por tu comentario y por inaugurar esta sección de «feedback» y participación, Gustavo. ☺️ Cómo te comenté por FB, este «trabajo de chinos» se ve recompensando con creces por el calor de los amigos con los que compartimos nuestras locuras… 🤪 Sois estupendos! 🥲