Mito y sus cositas

Mototerapia: cuando la vida pesa, pero la carretera cura

A veces la vida te golpea una y otra vez, como una sucesión de olas en medio del mar. Te alcanza una, intentas levantarte, y antes de recuperar el aire llega otra. Y otra más. Hasta que, por un momento, parece que no hay forma de salir a flote.

La vida te va atropellando poco a poco. No siempre con grandes tragedias, sino con esa suma de cosas que se te van echando encima: el trabajo, el jefe que aprieta más de la cuenta, los compañeros con los que no terminas de encajar, las deudas, la rutina, una ruptura amorosa, los problemas de familia, las responsabilidades, las llamadas pendientes, las facturas, el cansancio acumulado y esa sensación de ir siempre un paso por detrás de todo.

Y entonces llega un día en el que no sabes si estás cansado de un problema concreto… o de tener que seguir peleando con todos a la vez.

Porque a veces no te hunde una sola ola. Te hunde llevar demasiado tiempo tragando agua.

Y a veces, entre tanto ruido, vamos dejando para después precisamente aquello que más nos gusta. Ese viaje en moto que llevas meses imaginando. Ese desafío que te ronda la cabeza. Esa foto que quieres conseguir desde hace tiempo. Esa ruta de la que te habló un colega. Ese lugar que viste en un canal de YouTube. Ese rincón imperdible que escuchaste en un podcast y que, desde entonces, se te quedó clavado en la memoria.

Pero la vida aprieta. El trabajo manda. Las obligaciones pesan. Y lo que más ilusión nos hace empieza a quedarse siempre para “más adelante”.

Lo curioso es que muchas veces no renunciamos de golpe a lo que nos hace felices. Lo vamos aplazando poco a poco. Un fin de semana no se puede. Al siguiente hay que descansar. Luego aparece un gasto, una urgencia, una excusa razonable. Y cuando quieres darte cuenta, eso que tanto te gustaba sigue ahí, esperando… pero tú ya no eres el mismo.

Porque a veces nuestros propios sacrificios hacen que lo que más nos llena ocurra menos veces, más tarde y con más culpa de la que debería.

Y quizá no se trate solo de escapar en moto. Quizá se trate de no abandonar aquello que nos mantiene vivos por dentro.

Lo que os quiero decir, queridos amigos y amigas y también a quienes simplemente habéis llegado hasta aquí leyendo, es que no dejéis de hacer aquello que os apasiona

Llevo muchos años practicando deporte, y si algo he aprendido es que en el deporte siempre ayuda marcarse un objetivo. Una meta. Algo que te obligue a levantarte, a prepararte, a seguir avanzando incluso cuando no apetece.

Y creo que con nuestra afición ocurre algo parecido.

Esta afición tan sana, que tantas rutas nos regala, tantos momentos nos deja y tantos amigos nos pone en el camino, también necesita objetivos. No siempre tienen que ser grandes viajes ni aventuras imposibles. A veces basta con una ruta pendiente, un puerto que quieres subir, un pueblo que quieres conocer, una foto que quieres hacer o una excusa para quedar con gente que habla tu mismo idioma: el de las motos, la carretera y la libertad.

Por eso os digo algo: no renunciéis al mundo.

No dejéis que la rutina os encierre. No dejéis que las obligaciones os apaguen del todo. Porque salir, moverse, hacer kilómetros, compartir una ruta o simplemente perderse un rato por una carretera secundaria también es una forma de volver a encontrarse.

Yo a eso lo llamo Mototerapia.

La Mototerapia a veces te ayuda incluso a resolver problemas a los que no les encuentras salida.

Sales con la cabeza llena de ruido, con una preocupación dando vueltas, con esa conversación pendiente o con esa decisión que no terminas de ver clara. Y de repente, kilómetro a kilómetro, algo empieza a ordenarse.

La moto no te da todas las respuestas, pero te da espacio para escucharte.

Te da ideas. Te hace reflexionar. Te obliga a estar presente. A mirar la carretera, a sentir el viento, a medir cada curva y a dejar, por un rato, que el mundo vaya un poco más despacio.

¿Quién no ha descubierto alguna vez, después de una ruta, que aquello que tanto le preocupaba quizá no era para tanto? ¿Quién no ha visto más claro que un problema se podía resolver de una forma más sencilla? ¿Quién no ha entendido, dentro del casco, que aquello que dijo no estaba bien enfocado, que tal vez se equivocó, o que simplemente necesitaba tomar distancia?

Porque el casco, amigos, el casco es uno de los mejores psicólogos.

No porque haga milagros. No porque borre los problemas. Y desde luego no porque sea gratis, porque en esta vida casi nada lo es: gasolina, ruedas, revisiones, seguros, cafés de ruta y alguna que otra avería forman parte del tratamiento.

Pero aun así, funciona.

Funciona porque te permite salir del bucle. Porque te ayuda a cambiar el ruido por carretera, la ansiedad por atención, la rutina por horizonte. Porque cuando ruedas, muchas veces no estás huyendo de nada: estás volviendo a ti.

Y eso, al final, también es una forma de redescubrirte.

 

Así que si habéis llegado hasta el final de este “tocho” de artículo —que nace después de muchos meses duros—, solo puedo deciros una cosa: nada podrá salvarte si no decides salvarte tú primero.

Nadie va a vivir por ti. Nadie va a priorizar por ti. Nadie va a hacer ese viaje, esa ruta, esa llamada, esa foto o ese momento que llevas tanto tiempo dejando para “más adelante”.

Por eso, priorizad. No dejéis siempre para mañana ese viaje, esa salida o ese pequeño plan que os devuelve la ilusión. Porque un día te levantarás y quizá la vida habrá pasado tan rápido que tu físico, tus circunstancias o simplemente el tiempo ya no te lo permitirán igual.

No hace falta cruzar medio mundo para sentirse vivo.

Vete al pueblo de al lado. A la provincia vecina. A 100 kilómetros de casa. A esa carretera secundaria que siempre dices que vas a hacer y nunca haces. Pero sal. Muévete. Respira. Disfruta.

Porque la vida se esfuma.

Y no, no eres menos motero por no haber ido a Cabo Norte, a Marruecos o a la Ruta 66. No eres menos aventurero porque tu gran viaje sea una escapada de domingo, una ruta con amigos, un café en una gasolinera o una curva que te devuelve la sonrisa.

La mejor ruta no siempre está en el destino.
La mejor ruta está en el camino.

Y si además puedes compartirla con colegas, con gente que te entiende, que se ríe contigo, que se pierde contigo y que convierte cualquier parada en una historia, entonces mucho mejor.

Esta es la primera de muchas reflexiones que espero mantener en el tiempo. Una forma de ordenar pensamientos, compartir camino y recordar —a mí el primero— que a veces la vida pesa, sí, pero también hay que buscar momentos para volver a sentirse vivo.

Espero que os guste.

Nos vemos en la carretera. Porque a veces no se trata de llegar lejos, sino de no dejar de rodar.

Un abrazo a todos.